Un artículo de Jesús Daniel Laguna Reche.

Presencia de la Orden de Predicadores en Huéscar: el convento de Santo Domingo y el monasterio de la Madre de Dios (1547-2019).

Incluido en el libro: Historia y patrimonio dominicanos de la antigua Provincia Bética / coord. por José Manuel Rodríguez Domingo, Guadix, Centro de Estudios Pedro Suárez, 2021, pp. 337-400.

Fragmentos del artículo (al final de la página, puedes descargar el artículo completo):

Presencia de la Orden de Predicadores en Huéscar: el convento de Santo Domingo y el monasterio de la Madre de Dios (1547-2019)

Jesús Daniel Laguna Reche

Libro: portada y créditos

1. INTRODUCCIÓN

La Orden instituida por santo Domingo de Guzmán realizó dos fundaciones en Huéscar, una de frailes en 1547 y otra de monjas en 1575. El convento masculino fue disuelto por el decreto de exclaustración forzosa de julio de 1835, pero el femenino se salvó de aquella barbarie y continuó existiendo hasta su reciente y tristísimo cierre el 6 de mayo de 2019.

Ambos conventos jugaron un muy importante papel en la ciudad durante toda su existencia; de sus muros salieron multitud de predicadores, y sus iglesias se convirtie­ron, gracias a diferentes hermandades, en centro de celebraciones de las fiestas de san José, el Corpus Christi, la Virgen del Rosario, Semana Santa, etc. Eran grandes fortines de la fe en Cristo y tras sus altos y silenciosos muros ayudaron a los curas a atender las muchas necesidades espirituales de los oscenses (Laguna, 2005a).

La piedad de la gente de siglos pasados, capaz de inventarse cualquier cosa con tal de salvar su alma y no salir muy quemada del Purgatorio, permitió a las comuni­dades dominicas de Huéscar la erección de dos grandes conventos que, después de haber sobrevivido a más de cuatrocientos años de historia y dos guerras devastadoras, no tienen ya el uso para el que fueron concebidos y presentan un futuro muy diferente uno del otro. Así, el antiguo convento masculino superó hace pocos años un periodo de ruina y abandono de más de medio siglo, y ha sido afortunadamente restaurado. La que fuera iglesia del convento alberga el nuevo Teatro Oscense, de titularidad munici­pal, y las estancias conventuales pueden albergar variados usos, como exposiciones y actividades culturales y sociales. Pero al convento femenino no sabemos qué le depa­rarán los tiempos venideros, y sólo esperamos que no sea víctima del desinterés de sus propietarios y la incultura, sino que pueda ser incorporado al acervo monumental del pueblo y sirva como elemento de actividad cultural de una comarca en franco declive y que debe buscar en la promoción turística, basada en su patrimonio cultural y natural, una vía de desarrollo que devuelva la esperanza a sus ciudadanos.

2. EL CONVENTO DE FRAILES PREDICADORES. AÑOS 1547-1835

Una noticia de finales del siglo XVIII nos informa de que la Orden dominicana inició su andadura en tierras huesquerinas en el lejano año de 1547. La devoción popular, que conoció su auge en la época de esplendor de nuestro convento –siglos XVI y XVII–, llevó al establecimiento en sus estancias de al menos cinco cofradías –Niño Jesús, Nuestra Señora del Rosario, San José, Dulce Nombre de Jesús, San Juan Evangelista–. Personas destacadas de la época costearon la construcción de varias capillas, hicieron donaciones varias para mejora y aumento del culto divino, y eligieron la igle­sia dominicana para descansar en paz. En 1752 poseía casas en las calles Castilléjar, Santiago, Tiendas (dos), San Francisco, ramal de Ángel, Buitre, cuesta de los Mesones, y más de veinte parcelas de tierra de cultivo.

Los primeros años y las primeras obras (1547-1560)

Pronto empezaron las obras de construcción del convento y su iglesia, que se prolongarían hasta el siglo XVII, y pronto también arraigó en esta tierra la Orden, de manera que sus frailes recibieron a lo largo del tiempo multitud de mandas, donacio­nes, encargos de misas, memorias, capellanías, etc.

Quienes formaban la comunidad dominica fundacional de Huéscar eligieron para edificar su casa una enorme parcela de tierra situada extramuros de la ciudad a la entrada del camino que llevaba a la ermita de las santas patronas Alodía y Nunilón, en cuyo honor los frailes nombraron a su convento “de las Mártires”. El edificio se planificó y construyó orientando el altar mayor hacia el norte y situando la puerta principal, como de costumbre, al pie de la iglesia, es decir, al sur. El lado del evangelio quedaba orientado hacia el huerto del convento, en el lado oeste, y por el otro lado, al este, pasaba la calle de las Mártires, actual Mayor.

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La devoción del pueblo tuvo que ayudarles de alguna manera a hacerse con una importante extensión de tierra que pronto se vería aumentada con donaciones pías y compras. En este sentido hemos de mencionar la adquisición por parte del convento de un bancal en 15567, y la intención, ese mismo año, de dar en arriendo una parte del huerto, pegada a los muros de la iglesia8. En noviembre del año siguiente fue una vecina de Castilléjar quien legó a los dominicos una viña a cambio, eso sí, de una determinada memoria de misas.

Por su parte el Ayuntamiento, en aquellos tiempos en estrecha relación con la Iglesia, hizo más de una vez merced a los frailes de doscientos pinos para la fábrica de su convento. No hemos podido averiguar cuántas veces fue dada dicha merced, ya que en la documentación conservada sobre la gestión de las cuentas de propios no se anotaron. Resulta curioso el hecho de que prefiriesen los beneficiarios vender una parte o la totalidad de los pinos que se les daban, bien porque recibían mercedes habitualmente y les sobraba madera, bien porque no era muy cara y ganaban más dinero vendiéndola. Debió ser así, y el 7 de enero de 1556 se efectuó la venta de los pinos concedidos en la primera merced de la que tenemos noticia.

La construcción del conjunto monástico fue ardua y, a pesar de disponer de pocos datos para un espacio de tiempo amplio, podemos deducir que las obras se vieron paralizadas en más de una ocasión y desde pocos años después de empezar a trabajar los albañiles; las importantes dimensiones de la iglesia, el número de capillas y los proyectos de la armadura del tejado y un claustro de al menos dos galerías super­puestas, además de las estancias necesarias para la vida conventual, suponían un gasto importante que nunca encontró recursos suficientes, a pesar de las mercedes de madera del Ayuntamiento, la venta de pinos, capillas y sepulturas, sermones, misas y predicaciones de los frailes por las iglesias de la ciudad e incluso en las salas capi­tulares, las donaciones pías, memorias de misas, capellanías y demás instrumentos legales de carácter religioso. De no ser así no es posible entender que se tardasen más de treinta años en terminar la iglesia, cosa que ocurrió en abril del año 1585.

El proyecto inicial sólo se pudo hacer realidad en parte, y lo que se hizo sufrió un considerable retraso. De este modo la armadura de madera de la iglesia, auténtica joya artística y obra maestra de carpintería, fue programada y dibujada hacia 1554 pero su fabricación no pudo llevarse a efecto hasta justo treinta años después, en 1584; el claustro, varias veces retomada su obra, acabó finalmente por ser un simple espacio de huerto separado del exterior por sencillas tapias; tampoco pudo realizarse el ábside de la capilla mayor, y la luz del enorme arco que al efecto se hizo hubo de ser cegada con el muro del altar mayor; las capillas, cinco a cada lado, vieron retrasada su construcción y, salvo la primera del evangelio, iniciada hacia 1557, todas estaban sin empezar o apenas señaladas al finalizarse el cuerpo de la iglesia. Hasta el campanario estaba en 1585 sin fábrica definitiva, y al final quedó en una sencilla espadaña, como mucho cambiada de sitio, no muy diferente de la que desde el principio con toda seguridad existía, a modo de solución provisional y a la espera de unos recursos que nunca llega­ron, poniendo en peligro la última fase del cuerpo de la iglesia, ya en 1585, cuando era la colocación de la armadura de madera y el tejado lo único que quedaba, y para lo cual tuvo el convento que vender algunas maderas que tenía guardadas en sus estancias.

Fotografias de Jesús Daniel Laguna Reche

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Fábrica y colocación de la armadura del coro

Fábrica y colocación de la armadura y el coro

Una vez terminada la obra de finalización y nivelación de muros, tocaba colocar la cubierta definitiva y tejarla. Dicha cubierta está constituida, como es bien sabido, por una inmensa armadura de madera de las del tipo conocido como de par y nudillo, en su variante denominada de limas o de artesa. Al igual que el alfarje del coro, se trata de una magnífica obra de carpintería, felizmente restaurada y recuperada.

Aunque no hemos encontrado la escritura de contratación de la armadura y coro, que era la misma, sabemos que tanto la una como el otro ya estaban perfectamen­te proyectados y reflejados en un plano en el temprano año de 1554, sencillamente porque ese es el año que aparece con perfecta claridad en las condiciones presentadas al notario en 1584 como la fecha en que fueron redactadas. Esto es una muestra más de la rapidez con que se quiso construir el convento y la obligada paralización de algu­nos proyectos ante la falta de recursos.

La fabricación de la armadura fue contratada por los carpinteros Alonso García, vecino de Baza, y Esteban de Riberón, vecino de Lorca, quienes tuvieron por fiadores a los hermanos Luis y Cristóbal Carrillo de Albornoz, vecinos y regidores de Baza, una vez que comparecieron ante la justicia de Huéscar para demostrar que poseían bienes raíces por valor superior a 1000 ducados.

El día 28 de febrero de 1584 acudieron dichos carpinteros al convento para presentar al escribano las condiciones del contrato, estando presentes el prior, fray Pedro de Aguilar, y los frailes Jerónimo Palomeque, Pedro de la Jara –subprior–, Diego de Hinojosa, Melchor Valera, Alonso Pacheco, Juan de Arciniega, Juan Crisóstomo, Lorenzo de Espinosa y Diego Treviño. En presencia del escribano firmaron las condi-ciones el prior del convento y el carpintero Alonso García, ante los testigos Diego de Córdoba, tejero de Baza, Simón Fernández y el platero oscense Bartolomé de Arenas.

Previamente, el día 25, Esteban de Riberón y los fiadores habían otorgado en Baza una carta de poder a favor de Alonso García “para que pueda contratar y contrate con los muy reverendos señores prior y frailes del monasterio de Santo Domingo de la ciudad de Huéscar de hacer una armadura de madera de par y nudillo y otras cosas en la dicha iglesia y un coro y otras cualesquier obras”.

Las condiciones para la realización de la obra de la armadura de par y nudillo y el coro –redactadas como se ha dicho en 1554–, que debería estar acabada en un año siempre que no cesase la actividad por causa justificada, indican que los trabajos seguirían las correspondientes trazas dadas por el convento, que las tenía en su poder, y por las cuales se deberían pagar tres ducados a su desconocido autor, el mismo que hizo las condiciones. A las citadas trazas se añadirían después las correspondientes a un “balconcillo”, seguramente para el coro, que posiblemente no iba incluido en el proyec­to inicial pero cuya fabricación fue pensada antes de escribir las condiciones de la obra.

Durante el transcurso de los trabajos, el convento se otorgaba el derecho de llevar a la obra un maestro del oficio que viese si el estribado se iba haciendo bien y fuerte, y el coro bien labrado, y para ver posibles desperfectos susceptibles de ser reparados, para que los carpinteros los arreglasen.

Quince días antes de que faltase recaudo en la obra, debería el maestro de esta avisar al convento para que lo buscase, de forma que en caso de no hacerlo podrían los carpinteros abandonar el trabajo hasta que se les diese.

El convento pagaría en la firma del contrato 50 ducados, y el resto a partir de Pascua Florida conforme avanzasen los trabajos. Lo que quedase por pagar se abona­ría en un plazo máximo de un año y medio y en tres pagas, la primera al declararse concluida la obra. Esta debía ser tasada por dos tasadores del oficio, uno nombrado por cada parte, pudiendo nombrar un tercero de común acuerdo si fuese necesario, haciendo gracia de la décima al convento. Una vez acabada y llamados los oficiales por ambas partes para ver si ha quedado firme y segura y hecha conforme a la traza, hecha la tasación quedaría la tercera parte del dinero en manos del prior para pagar futuras reparaciones.

En caso de no finalizar la obra en el plazo previsto sin causa justificada, podría el convento tasar lo ya hecho y contratar lo restante con otros oficiales a costa de los anteriores.

El cuerpo de la iglesia fue terminado, por fin, a mediados de abril del año 1585, que quedó inscrito bajo la armadura y sobre el gran arco de la cabecera. Podemos precisar la fecha ya que el día 4 de abril, “para acabar la obra de la iglesia del convento que de presente se va haciendo”, y por falta de dinero, fue necesario vender parte de la madera del convento al concejo de Guadix, en cuyo nombre actuó el regidor Diego Pérez de Andrade, y el día 21 del mismo mes se especifica que “se ha acabado el cuerpo de la iglesia y ha salido a gusto de la ciudad”.

Almizate de la armadura mudéjar de la antigua iglesia del convento de frailes predicadores de Santo Domingo de Huéscar:

Fotografias de Jesús Daniel Laguna Reche

Imagen parcial del almizate de la armadura mudéjar de la antigua iglesia del convento de frailes predicadores de Santo Domingo de Huéscar, durante su proceso de restauración. Fotografía tomada por el autor (Jesús Daniel Laguna Reche) el 21 de julio de 2009.


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La capilla de la familia Maza

Capilla de San Gregorio. Familia Maza (1557)

Fue de las diez capillas de la iglesia la primera en contratarse y ser fabricada; pasarían más de veinte años para ver contratada otra capilla.

Estaba situada en primer lugar por el lado del evangelio y de forma colateral a la capilla mayor, que se encontraba en construcción, lindando por las espaldas con el trozo de huerta destinado a la edificación de un claustro.

Su constructor fue Alonso Sánchez Maza, uno de los personajes más importantes de Huéscar en el siglo XVI, tanto por su enorme riqueza –tasada dos años después de su muerte en más de siete millones de maravedíes (Soria, 1996)– como por el hecho de haber ejercido durante muchos años importantes cargos públicos. Hermano fundador de la hermandad del Santísimo Sacramento en 1544 (Pulido, 1992), ocupó el oficio de regidor durante bastantes años y hasta su muerte, en 1561. Fue además recaudador de las rentas del duque de Alba, escribano del cabildo y escribano público, oficio este al que accedió el día 8 de octubre de 1533 tras renuncia en él hecha por Lucas Mesía, y que ejerció hasta el 17 de enero de 1545, cuando se le concedió la renuncia que hizo el 11 de octubre de 1544 a favor de su hijo Fernando Maza de los Hinojosos, quien lo mantuvo hasta 1585.

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Capilla de Nuestra Señora del Rosario (1596)

La hermandad de Nuestra Señora del Rosario fue fundada en fecha desconocida del siglo XVI y nosotros hemos podido documentarla en el año 1579. Desconocemos las circunstancias de su fundación, pero lo más probable es que se realizase tomando como imagen titular una ya existente en el convento, como ocurriría en el año 1632 en ese mismo templo al fundarse la Hermandad de San José, cuya imagen titular ya estaba allí desde al menos junio de 1621 y había sido realizada por una orden testa­mentaria de 1609 (Laguna, 2005).

El convento de las dominicas

EL MONASTERIO DE LA MADRE DE DIOS. AÑOS 1576-2019

LA FUNDACIÓN

Señalaba Pascual Madoz en la década de 1840 que el convento de religiosas dominicas de Huéscar había sido fundado por un tal fray Gamboa en 1576. No sabe-mos de dónde sacó este dato quien quiera que fuese el encargado de responder al cuestionario que debían cumplimentar los Ayuntamientos para elaborar esta magna obra, pero a la vista de lo que sabemos cabe decir que iba el hombre algo descamina­do (Madoz, 1847). Es cierto que casi dio en el clavo con la fecha, pero hasta el presen­te no hemos encontrado ningún Gamboa implicado en la cuestión, lo cual no vamos a negar que hubiera ocurrido dado lo escaso del rastro documental que de aquella fundación ha quedado en nuestros archivos.

Vista actual del monasterio de la Madre de Dios (de las Madres Dominicas de Huéscar). Fotografia de Jesús Daniel Laguna Reche

Corría el año 1575 cuando Huéscar vio culminados los deseos de sus autorida­des de tener una comunidad de monjas de la Orden de Santo Domingo. Más de una década habían tardado en conseguirlo, si bien no sabemos cuándo empezaron las gestiones para llevarlo a cabo. Una carta sin fecha enviada desde Ronda indica que era un propósito en el que se estaba insistiendo. El remitente, un religioso de nombre fray Bernardino –la lectura del apellido nos ofrece dudas–, informa de que visitará el pueblo para hablar de la fundación, y mientras manda al padre fray Diego de San Bernardo para que predique. La primera noticia con fecha que conocemos acerca del asunto data de 1562, año en que Martín Gil, mayordomo del Concejo, pagó a un tal Juan Fernández por acudir a Madrid a tratar la fundación del convento de monjas. El día 24 de febrero de 1564 el duque de Alba, quien se hallaba en Puebla de Don Fadrique, hizo merced de 300 fanegas de tierra en el campo de Bugéjar, con licencia para hacer un aljibe, al futuro convento de monjas de Santa Clara que se quería fundar en el hospital, junto a la iglesia de la Madre de Dios, que se hallaba extramuros. También ese año se pagaron a Pedro de Ledesma 1970 maravedíes por hacer una información para la fundación del monasterio de monjas que se pretendía hacer en la ermita de la Madre de Dios.

El 16 de agosto de 1565 escribía el duque de Alba desde Segovia interesándose por el estado del negocio: “Lo de la fundación del monasterio no he sabido en qué términos está; hacedme saber si es menester alguna cosa para que yo entienda en ello”. Suponemos que debió responder el Ayuntamiento, pero no tenemos más correspondencia hasta el 2 de abril de 1567, cuando aquel envió una carta que no ha llegado a nosotros, pero que sabemos existió dado que es mencionada su recepción en la remitida el 14 de abril por la duquesa de Alba al Concejo. El 26 de octubre de 1569 el duque de Alba hizo donación al futuro convento de 200 fanegas de tierra en el pago conocido como Loma Rasa, con la precisión de que debía amojonarse “[…] donde menos daño haga a los pinos […]”, y que no lo disfruta­se el convento hasta que tuviera abadesa y seis monjas.

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Primera página de la escritura de fundación de una capellanía por doña María de
Chinchilla, viuda de Micer Luis, en la que expresa su deseo de fundar un convento de monjas en
unas propiedades de las que hará donación. Huéscar, 7 de agosto de 1573.
Fuente: Archivo General Diocesano de Toledo.

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Fotografias de Jesús Daniel Laguna Reche

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Colegio abierto en 1910

Algunas de las religiosas del convento con las niñas del colegio vestidas de primera comunión (ca. 1915). Fuente: Archivo Histórico Muncipal de Huéscar

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Nota: el artículo citado en estos fragmentos es

Laguna Reche, J. D. (2005a) “La construcción del convento e iglesia de Santo Domingo de la ciudad de Huéscar (Granada)”, Boletín del Centro de Estudios «Pedro Suárez» ,18, pp. 21-48.

Para leer el artículo completo:

«Presencia de la Orden de Predicadores en Huéscar: el convento de Santo Domingo y el monasterio de la Madre de Dios (1547-2019)«.

Jesús Daniel Laguna Reche.

Incluido en el libro: Historia y patrimonio dominicanos de la antigua Provincia Bética / coord. por José Manuel Rodríguez Domingo, Guadix, Centro de Estudios Pedro Suárez, 2021, pp. 337-400.

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