Mercedes Laguna. «Un relato para recordar»

Mercedes Laguna. «Un relato para recordar»

Relato para recordar

Mercedes Laguna González

 Los relatos y la poesía, la filosofía y la literatura son útiles para recuperar la historia, como son necesarios los números irracionales para entender la matemática del mundo

 

Doña Paquita Bustos

En Huéscar, en la segunda mitad del siglo XX, todo el mundo sabía quién era doña Paquita; así, sin apellido, sin referencias de profesión. Aunque, si queríamos ser precisos, nos referíamos a ella como doña Paquita Bustos. Y en el ámbito de la vida de la ciudad de Huéscar, por supuesto, no decíamos doña Paquita, la de la Farmacia, sino que era la farmacia la que tomaba el nombre de esta mujer fuerte y emprendedora: la farmacia de doña Paquita (así denominábamos, incluso, la botica de las cuevas (la del Barrio Nuevo), cuyo titular era, en realidad, su marido, don Antonio Iriarte.

Nuestra profesora de Matemáticas

Para entender el presente de una ciudad y su comarca -y, de paso, de esta manera, comprendernos a nosotros mismos- hemos de utilizar varias perspectivas, escuchar varios puntos de vista, como vamos a hacer hoy: aproximarnos desde distintos puntos de la circunferencia, estableciendo radios de búsqueda y aproximación para intentar descubrir qué hay en el centro, cómo era el centro que atraviesa el eje de la esfera.

Dos imágenes para adentrarnos en la historia, a modo de Stargate efectiva (puerta de las estrellas aparentemente irracional), necesitada de recuperación, pero real, si nos concentramos y fijamos la atención.

Primera imagen: un llano por donde se camina con paso lento y confiado, con el sonido de los álamos y sus hojas. Una visión, con el recuerdo del tacto del agua transparente hasta hacer brillar las piedras pequeñas y las caracolas negras, estiradas, diminutas. Aparentemente, una imagen habitual de aquellos años 70, como las clases diarias en el Instituto. Pero, nada más lejos de la normalidad lógica, por las circunstancias y la situación, cada día en las clases de segunda enseñanza en un pueblo al pie de la Sagra. (Nosotros nos creíamos que tener un instituto era algo normal, como los árboles del parque).

Delante de la pradera asequible y llana que suponían los estudios de bachillerato, que requerían esfuerzo y tesón (desde los diez años con los que entraban algunos), delante -o detrás, según se mire- de aquella extensión abierta, llena de futuro para los primeros bachilleres elementales, se abría un foso como vórtice vacío, que atraía hacia el abismo: aquel foso era la falta de oportunidades. Nosotros, sin embargo, sí tuvimos esas posibilidades que ofrecía la educación.

De hecho, yo no sabía, cuando comencé 5º (y don Rafael Díaz nos habló -entusiasmado- de la nueva etapa -el nuevo peldaño- que estrenábamos), que el Bachillerato superior había comenzado en Huéscar solo un año antes.

Los adolescentes de la década de los setenta no éramos capaces de darnos cuenta de la situación privilegiada que habíamos recibido, como resultado de un tesón y un trabajo continuado que comenzó puntualmente en 1960 (con el CLA y las becas PIO), y que tuvo su origen mucho antes.

En toda esta historia, la persona de Francisca Bustos tuvo un papel protagonista, cuyo objetivo último siempre fue el del servicio y la consecución de oportunidades para las gentes de Huéscar. Las niñas, sobre todo. Aunque nunca discriminó ni en un sentido ni en otro, doña Paquita siempre estuvo atenta a la necesidad de ofrecer oportunidades reales: veía el potencial en su presente gris, se le iluminaba el futuro porque creía en él, y actuaba en consecuencia. Por eso, mucho antes de aprobar las oposiciones al cuerpo de directores -y de pasar un largo año, lejos de sus cuatro hijos en Cuevas de Almanzora-, ya en los años 40, doña Paquita iba de casa en casa haciendo tutorías personalizadas, a domicilio, para ofrecer una oportunidad a las niñas que podían estudiar y tener un futuro distinto, para levantar el pueblo y hacerlo progresar.

Se encontraba con la tozudez y el recelo de los padres que necesitaban a sus hijas para trabajar en casa, para ayudar en el negocio familiar. En muchos casos, no lo consiguió, no obstante, aquellas niñas quedaron impresionadas de por vida: la semilla de la necesidad de formarse, de aprender, de adquirir cultura, quedó bien sembrada en ellas, en la raíz profunda -en medio de aquel invierno, crudo y terrible que supuso la posguerra. Se les quedó marcada para siempre la impronta indeleble -imborrable- de la prioridad: lo primero, en cuanto haya oportunidad, son los estudios. “Todo lo que se aprende en algún momento de la vida nos servirá para algo. Lo que no se aprende, desde luego, no sirve para nada”. Eran sus palabras que hoy nos llegan a través del recuerdo, en la visión y el tacto del agua transparente.

Segunda imagen: doña Paquita caminando con paso corto y rápido, vestida de negro (a veces, con un toque blanco), hacia el instituto o hacia el Natalio. Desde la farmacia, atravesando la plaza que la vio en sus distintas formas, desde antes de la suscripción popular para edificar el quiosco -dos veces-. Pasando de madre a maestra y profesora en pocos segundos, y, a la inversa. Mente privilegiada que puso a disposición de sus alumnas primero, en las escuelas y en el Natalio, de sus estudiantes de Bachillerato, después. Corazón inmenso -aunque transparente- solo parecía mostrarse en la superficie algunas veces, pero siempre estaba operativo. Alguien de esta sala me habló -hace poco- de sus lágrimas, un día, mientras hacían un examen de matemáticas.  El interior, como los ojos del Guadiana, a veces afloraba, y los alumnos lo valorábamos; como cuando nos repetía las palabras de su hermana Carmen estudiando en Granada: “qué bonito es el mes de mayo en Granada, sin exámenes, ¿cuándo llegará ese día?” Pero Carmen murió joven, sin tener mucho tiempo para pasear tranquila, cerca del Darro.

Mujer renacentista, más que interdisciplinar, transdisciplinar. En la farmacia, para las personas de Huéscar, desde los años 40, fue -casi- la consulta de un médico, la consejera familiar, la facilitadora de medicamentos que no se podían adquirir. Los conocimientos, en su mente, se imbricaban, conectados perfectamente, ofreciendo como resultado una sabiduría global y práctica. Ejemplo de racionalidad práctica, en cada ámbito de su vida.

Su marido, Antonio Iriarte -también farmacéutico- impulsó siempre su trayectoria profesional (la quiso y la admiró siempre, profundamente), se quedó con cuatro niños pequeños en casa, y al frente de la Farmacia, mientras doña Paquita completaba sus prácticas en Cuevas de Almanzora. Él fue quien la llevó a Madrid al Ministerio de Educación, a pedir las cien becas del PIO para Huéscar. Creía en sus capacidades, en su voluntad férrea y la ayudó a sacar lo mejor de sí misma, que era lo mejor para la ciudad y su comarca.

Doña Paquita, mujer fuerte, adelantada a su época, constructora de caminos, defensora de la justicia, pero, sobre todo, defensora de los becarios, la niña de sus ojos. Siempre, por encima de todo, su vocación de servicio. La vamos a contemplar hoy desde distintas perspectivas, para comprender la totalidad de la esfera.

La esfera de la profesora de quien aprendí a utilizar bien las fórmulas convenientes para cada caso, después de haber entendido, rigurosamente, el proceso de planteamiento y deducción.

 

Publicado en Minerva. Revista de Educación, número 5