La casa de los Jiménez Dueñas en la calle Mayor-Carril
Hoy, no disponemos de la casa en su estado anterior (que muchos conocimos). Ni, por supuesto, conservamos las imágenes de cómo era el interior y de cómo podía ser la vida en ella. Sin embargo, uno de sus habitantes -observador atento y amante de la historia-, Bruno Jiménez Cabrera, nos trae las imágenes estáticas y en movimiento de la casa en los años de la posguerra. El poder de la palabra que rememora.

Introducción de Mercedes Laguna
En 1876, Alfonso Jiménez Sánchez-Morales era propietario de dos casas en la calle Mayor: una que pagaba 60 pesetas al año y otra que recaudaba 35. La casa de las 60 pesetas anuales —calle Mayor, n.º 12, en la época— tendría, en principio— un valor mucho menor que el valor de la vivienda de la calle del Ángel, sin embargo, si consideramos que Alfonso tenía una séptima parte de la casa, tal y como sucedió con la casa de Tomás Jiménez-Muñoz Ortiz de la calle Mayor, la vivienda tenía un valor considerable.
Todo indica que fue propiedad -en el siglo XVIII- de los herederos de Lorenzo Jiménez Muñoz, el menor. Al igual que la casa n.º 10, la llamada de los Peralta, la casa de la calle Mayor, esquina calle Carril, era una edificación de finales del siglo XVII. Hasta principios del siglo XX tuvo el acceso principal por la calle Mayor.
La primera noticia que tenemos sobre esta vivienda relacionada con los Jiménez Sánchez-Morales y los Dueñas es que fue habitada por un tiempo por la hija primogénita de Alfonso y Pilar, Ramona Jiménez Dueñas, cuando se casó con Claudio Penalva. Residieron allí durante unos años, con sus hijos: Claudio, Pilar, Jacinto y Carlos Penalva Jiménez. Mientras, los padres de Ramona Jiménez Dueñas residían, como hemos señalado arriba, en la casa número 8 de la calle del Ángel.
La casa de la calle Carril-Mayor fue heredada por Luis Jiménez Dueñas, el hijo menor de Alfonso Jiménez y Pilar Dueñas. En 1908, ya residían en ella Luis Jiménez Dueñas y su familia: su mujer, Herminia García de la Serrana, y sus hijos Alfonso, Luis, Bruno, Concha, Herminia, José, Antonio y Rafael Jiménez García de la Serrana[1].
Habían vivido hasta la partición de bienes en el número 43 (antiguo) de la calle San Francisco, cerca del que fue hasta comienzos del siglo XIX, convento de los Franciscanos. El convento y parte de sus tierras pertenecieron a la familia Dueñas desde la mitad del siglo XIX. Lo explicamos en un artículo sobre las élites de Huéscar durante el periodo que va de 1752 a 1890.[2]
[1] Todos aparecen en el padrón como “estudiantes”, menos los dos menores, que tenían 4 y 2 años.
[2] Laguna González, M. “Adquirir, cultivar, heredar la tierra. El papel de las familias de los hacendados y comerciantes en el cambio de época: la alta Andalucía (1752-1884)”. (En prensa).
Mercedes Laguna González.
Del libro Casas, tierras, industria de la comarca de Huéscar…

Hoy, no disponemos de la casa en su estado anterior (que muchos conocimos). Ni, por supuesto, conservamos las imágenes de cómo era el interior y de cómo podía ser la vida en ella. Sin embargo, uno de sus habitantes -observador atento y amante de la historia-, Bruno Jiménez Cabrera, nos trae las imágenes estáticas y en movimiento de la casa en los años de la posguerra. El poder de la palabra que rememora.
Luis Jiménez Dueñas y Herminia García de la Serrana
La casa de Luis Jiménez Dueñas y Herminia García de la Serrana
Casa de la calle Carril, 1, por Bruno Jiménez Cabrera
Yo nací en el año 1940 en la calle de las Tiendas, que daba vistas a la calle Alhóndiga, a la Torre del Homenaje y a la iglesia de Santiago. Esta casa era de mis abuelos maternos Pascual Cabrera Guerrero y Esperanza Díaz Sánchez. Mi abuela Esperanza murió en el año 1943 y mi abuelo Pascual siguió viviendo con nosotros ya que no tenía más hija que a nuestra madre. La casa de la calle Carril, que hacía esquina con la calle Mayor, era propiedad de mis abuelos paternos Luis Jiménez Dueñas y Herminia García de la Serrana Vázquez, que posiblemente la heredaron de sus padres (mis bisabuelos), Ildefonso Jiménez Sánchez-Morales y Pilar Dueñas López. Cuando yo nací mi abuelo Luis ya había fallecido (14 de enero de 1939). Sólo vivía en esta casa mi abuela Herminia con su ama de llaves, una mujer de Huéscar, de la que sólo recuerdo que ya era de edad avanzada y que se llamaba Antonia, y otra criada más joven (quiero recordar que se llamaba Pepa). Mi abuela Herminia murió el día 8 de noviembre de 1945 y mi padre heredó de sus padres esta casa de la calle Carril, lo que motivó que tras unos arreglos que hizo mi padre (recuerdo a un albañil al que llamaban Valencia cambiando alguna solería y reformando la chimenea de la cocina), nos trasladamos toda la familia desde la calle Las Tiendas a la casa de la calle Carril. Yo lógicamente no tenía más de cinco años, pero tengo un lejano recuerdo de mi abuela Herminia, una mujer delgada y de mediana estatura, siempre vestida con traje negro que le llegaba a los tobillos y que se adornaba la garganta con una gola blanca. Ya habíamos nacido siete hijos: Antonio, Rafael, María Victoria, Bruno, Pascual, José Luis y Esperanza (recién nacida). Recuerdo ir de visita con mis padres a casa de la abuela Herminia y a los niños nos dejaban en la cocina jugando, con expresa prohibición de entrar en el cuarto de los mayores para no molestar. La gruñona moza, Antonia, nos daba de merendar a regañadientes, no nos dejaba tocar nada y constantemente nos regañaba.
Bruno Jiménez Cabrera

García de la Serrana (a la derecha)
La casa
La casa era muy grande, daba a las dos calles y disponía de tres pisos en ambas calles. El acceso, por la calle Carril, disponía de una gran puerta de madera de nogal con dos grandes alas, que normalmente permanecían cerradas, con grades cerrojos de hierro y se adornaba al exterior con grandes clavos y forja de hierro, al estilo de las puertas de muchas iglesias y casonas de principios del siglo XVIII. En una de las alas se abría una puerta más pequeña que permitía el paso de las personas y que permanecía abierta durante el día. La puerta daba acceso a un amplio portal que disponía de otra puerta, de tamaño normal, con un llamador de cobre, a modo de martillo, que por su tamaño era oído desde cualquier rincón de la vivienda cuando llamaban. Disponía este portal de un ventanuco en lo alto de la pared, protegido por una reja de hierro, que permitía asomarse desde un tramo de las escaleras, en el interior, para poder ver y hablar con la persona que llegaba a la casa. En este portal había dos grandes puertas laterales de madera, de cuarterones, con grandes cerraduras que abrían llaves de gran tamaño y que daban acceso a una habitación a la derecha y dos más a la izquierda; las tres, muy amplias, ocupaban toda la planta baja de la calle Carril. Los tres cuartos disponían de grandes ventanas que daban a la calle Carril protegidas por rejas de hierro; siempre me llamó la atención que los techos se cubrían totalmente con fuertes vigas de madera, unidas entre ellas y que apoyaban a su vez en otras transversales, a modo de artesonado y los suelos se cubrían con losetas de barro. Ignoro qué finalidad tenían estos cuartos en tiempos pasados, pero mis padres los utilizaron para almacenar productos del campo, procedentes de sus tierras, como cereales, almendras, nueces, maíz, garbanzos, habichuelas, patatas, grandes zafras de aceite, etc. Incluso recuerdo unos sacos de azúcar moreno, procedentes posiblemente de las cartillas de racionamiento en la postguerra, en los que los niños metíamos el dedo por algún roto, que luego chupábamos para saborear la dulce azúcar. En la calle Mayor la planta baja disponía de otro gran cuarto al que se accedía por un gran portón de madera (con acceso también desde el interior); aquí se guardaba un carruaje antiguo, en el que jugábamos los niños, por lo que es lógico pensar que esta habitación sirvió de cochera cuando se viajaba en coche de caballos.

La escalera
Tras pasar la segunda puerta del portal se accedía al interior de la vivienda. Aquí arrancaba una espaciosa escalera, adornada con una bonita baranda de fierro forjado, en color negro. Los escalones se cubrían con mosaicos antiguos adornados con motivos florales o figuras geométricas y el borde exterior con un gran listón de madera. Un gran ventanal, que daba a un pequeño patio en forma de L, daba luz al interior y disponía de un gran poyete en el que, siendo ya mozalbetes, nos gustaba sentarnos a hablar cuando nos visitaba algún amigo o amiga con la que iniciábamos nuestros primeros tonteos de juventud. También de un rellano de las escaleras salía otra habitación que mi madre siempre utilizó de despensa y cuyas llaves siempre llevaba bien guardadas en algún bolsillo; disponía de gatera por la que se colaba una preciosa gata negra que andosqueaba siempre por la casa para evitar la presencia de ratones.

El segundo piso
El segundo piso podríamos decir que era la planta noble de la casa. Aquí transcurría el devenir diario de la familia; había cinco grandes habitaciones que daban a la calle Carril: la primera era el cuarto de estar, seguía un dormitorio utilizado por los más pequeños de la casa, después el dormitorio de mis padres y continuaba una sala que llamábamos el cuarto del piano, porque precisamente aquí estaba este instrumento musical, cuyo origen desconozco (ahora lo tiene mi hermana Esperanza) y que sonaba perfectamente. Yo fui el único de los hermanos que lo toqué, porque con motivo de los tres cursos que estuve en el seminario menor de San Joaquín en Talavera de la Reina (Toledo) inicié mis primeros pasos en esta rama del Arte con un profesor particular de piano. Esta habitación se utilizó en alguna ocasión de dormitorio con una cama supletoria (pura necesidad al ser doce hijos), pero realmente fue el cuarto que utilizábamos los hermanos mayores, cuando ya empezábamos a mocear, para tener un poco de intimidad e independencia del resto de la casa. En alguna ocasión, ya en los primeros años de la década de los sesenta del pasado siglo, organizamos algún guateque con mi pandilla y para bailar en aquella época… un tocadiscos o pick-up con discos de vinilo. La última habitación era la que llamábamos el comedor de lujo. Como su nombre indica se reservaba para las grandes ocasiones familiares o cuando mis padres recibían visitas de familia o amigos especiales. El comedor lo compraron mis padres al casarse (creo que el de mis abuelos fue a manos de otro tío nuestro), tenía lujosa mesa, sillones y sillas tapizados, vitrina y aparadores que guardaban la mejor vajilla, cubertería de plata y manteles bordados, y la habitación se adornaba con los mejores cuadros, figuras de porcelana etc. Y no podía faltar la chimenea con repisa de mármol debidamente adornada con diversos objetos y dos durmientes de bronce con cabezas de león sobre los que se colocaba la leña para el fuego; sobre la chimenea un magnífico espejo de pared ligeramente inclinado.

Habitaciones y balcón
Todas estas habitaciones disponían de un balcón volado sobre la calle Carril y el último (el del comedor de lujo) era un largo balcón esquinero que permitía asomarse a la calle Carril y a la calle Mayor. En él contemplamos la familia muchos de los grandes eventos del pueblo: el pasacalles de los gigantes y cabezudos en la Feria de octubre y los cascaborras en la Navidad, de los que tengo un lejano recuerdo (en Huéscar decíamos cascaborras en vez de cascamorras) […] En este balcón escuché por primera vez cantar los tradicionales villancicos del Corpus al son de un organillo, una trompeta y un contrabajo. No puedo olvidar los desfiles procesionales de Semana Santa que bajaban por la calle Mayor y en otras ocasiones por la calle Carril y, precisamente, este balcón nos permitía pasar de una calle a la otra.
Todas las habitaciones estaban comunicadas por puertas en las paredes laterales, aparte de la puerta principal de entrada a cada uno de los aposentos. En los dormitorios había muebles-lavabo porque todavía no había llegado a las casas el agua potable y todos disponían de palangana, jarro de agua limpia, cubo para desagüe de agua sucia y, naturalmente espejo y útiles de limpieza; los había muy bonitos, de mármol y de cerámica, y otros más sencillos de porcelana.
Una vez subido el primer tramo de las escaleras se llegada a un espacio abierto que hacía de distribuidor: una puerta a la izquierda comunicaba con la cocina y al frente dos puertas daban acceso al dormitorio de los más pequeños y al de mis padres; otra puerta acristalada, a la derecha, abría a un amplio y espacioso pasillo, tan ancho que mis padres lo utilizaban de salita de estar y ahí recibían visitas de amigos y familia; disponía de tresillo, mesita baja delante de éste, varias sillas tapizadas y se decoraba la salita con tapices y cuadros. Un ventanal que abría al pequeño patio daba luz a la sala. Desde aquí se accedía al cuarto del piano y al comedor de lujo. Otra puerta, al final de esta sala, daba paso a un amplio dormitorio que daba a la calle Mayor y que disponía de balcón volado sobre la calle. También se acedia a otro dormitorio interior con ventana que daba al patio pequeño y que fue el dormitorio de mi abuelo materno, mientras vivió.

La cocina
La cocina era grande y espaciosa. Ahí desayunábamos todos los niños en una gran mesa que se cubría con un hule. La chimenea permanecía prácticamente todo el día encendida porque en Huéscar hacía mucho frio y los inviernos eran crudos, antes más que ahora. Las ascuas rellenaban los braseros que había en las mesas de camillas y por la noche nos calentaban las camas con calentadores de cobre. Recuerdo la cantidad de objetos de cobre, muy variados, que adornaban la chimenea y la cocina. En las noches de invierno nos gustaba a los niños sentarnos junto al fuego y escuchar las muchas historias que nos contaban las mujeres del servicio. Recuerdo especialmente a una, llamada Modesta. Por los patios y corrales de detrás de casa solía andar una lechuza, a la que oíamos ulular en el silencio de la noche, y la tal Modesta nos contaba que con su canto reclamaban el cuerpo de una persona porque presagiaba su muerte. Daba la casualidad de que en casa de mis vecinos, donde vivían el notario D. Mariano Arias y su esposa Encarnación Llamas, padres de mi amigo Chencho Arias, el ilustre diplomático, había una hermana de Encarnación, ya mayor (quiero recordar que se llamaba Rosario), que llevaba varios días enferma y por la mañana nos enteramos de que había muerto en la madrugada siguiente al canto de la lechuza. Durante muchos años cada vez que oía a una lechuza ulular, incluso siendo ya mayor, me sobrecogía y no podía dejar de recordar aquella lúgubre historia o simple coincidencia. Por otra puerta de la cocina se accedía al cuarto de estar que daba a la calle Carril y en esta habitación discurría el quehacer diario de la familia. Una gran mesa cuadrada permitía comer juntos a mayores y pequeños y si estábamos todos éramos quince (mi abuelo materno, mis padres y los doce hijos). Una criada servía la mesa y debíamos estar todos sentados antes de que llegara mi padre por la noche, a la hora de la cena, especialmente durante el verano. Una radio amenizaba la comida (se sintonizaba normalmente Radio Andorra) y cuatro grandes cuadros con los retratos de mis bisabuelos y tatarabuelos (padres y abuelos paternos de mi abuelo materno, Pascual, que vivía con nosotros) adornaban el comedor.
Junto a la cocina había otro cuarto en la que se instaló una cocina y que funcionaba con carbón mineral y también con carbón vegetal. Era donde la cocinera preparaba la comida y dos grandes senos de mármol hacían de fregadero. Lógicamente al lado estaba la cantarera para aprovisionamiento de agua limpia para cocinar y beber. Evidentemente a Huéscar aún no había llegado el agua potable canalizada. Mi padre tenía un encargado, al que llamaban el mayoral, Antonio, de apodo El Nones, casado con Victoria la nona, que era quien se encargaba de acarrear con una burra negra el agua en cántaros desde los caños de la Victoria hasta la casa. Eran los más cercanos y estaban al final de calle Mayor donde ya se iniciaba el camino a la ermita de las Santas. Este matrimonio no tenía hijos y todos los hermanos tenemos un gratísimo recuerdo de ambos. De este cuarto partía una larga galería acristalada, volada sobre un patio más grade que daba vistas a la cuadra y corral de nuestra casa, a los patios y corrales de nuestro vecino de la calle Carril (por cierto, esta casa en la que vivía mi amigo Chencho pertenecía a otra rama de los Dueñas, parientes nuestros: Agripina Dueñas Romero, casada con José Portillo Muñoz) y al huerto de la casa parroquial. Aquí estaba el retrete, bien alejado, como correspondía. Todo iba a parar a un pozo negro que había en el patio. Justo es ponderar el largo camino que había que recorrer en las noches frías de invierno, por lo que el orinal era un elemento indispensable bajo las camas. Afortunadamente en la década de los 50 del siglo XX llegaron al pueblo las aguas potables y el alcantarillado y todo quedó resuelto. Mi padre construyó el nuevo y moderno cuarto de baño, que fue bien venido y celebrado.
El tercer piso

Seguían las escaleras hasta el tercer piso donde había otro buen número de habitaciones. Eran cinco las que daban a la calle Carril, también con balcones, pero no volados sobre la calle y alineados con los balcones del primer piso. Dos de ellas fueron utilizadas por el servicio. Las otras servían para que los niños jugaran, para estudiar y en ellas se apilaban trastos viejos y otros no tan viejos. Recuerdo una librería con una Historia de la Iglesia de diez o doce tomos y dos tomos de un historiador llamado César Cantú. También había muchos documentos antiguos de mi familia, que ahora nos serían muy útiles (algunos los di yo personalmente a Vicente González Barberán) y otros los conservo y fueron muy útiles para mi libro sobre la familia Jiménez Cabrera. En el rellano del final de la escalera unas puertas daban a cuartos que llamábamos cámaras. Uno de ellos daba a la calle Mayor y los otros a los patios de detrás de la casa. Eran muy grandes y carecían de solería y de techos de cielo raso. Guardaban trastos viejos y entre ellos recuerdo una vieja arpa. También había algún baúl con ropa antigua en desuso y otro con un montón de revistas antiguas, como Blanco y Negro con preciosas láminas en color, de lo que desgraciadamente no queda nada ya que todo se perdió. Mi padre utilizó una de estas cámaras para guardar los productos de la matanza y colgar ristras de racimos de uva que comíamos en el invierno.
La planta baja y los patios
Volvemos a la planta baja y desde el arranque de la escalera una puerta abría al patio pequeño en forma de L. A este patio daban otras dos habitaciones; una de ellas comunicaba con la que debió ser la cochera. Estas habitaciones prácticamente no se utilizaban en época de mis padres, salvo excepcionalmente para quitar la cascara verde de las almendras. Entonces tomaban vida pues acudían varias mujeres para esta labor, con grandes tertulias a las que los más pequeños acudían complacidos. Lo mismo ocurría cuando se hacía la matanza a la que también acudían algunos amigos de mis padres. Otra puerta comunicaba con otro patio de mayor extensión, donde se encontraba el pozo negro de las aguas fecales y en este patio mi padre almacenaba cantidad de leña, procedente de las podas, para abastecer durante el año los fogones y chimeneas. Aquí también mi padre acondicionó un espacio destinado a marranera y corral, en los años de la postguerra. Siempre recuerdo el gran ajetreo en las matanzas, en las que se mataban normalmente tres cerdos. Pero no acaban aquí los entresijos de la casa. A continuación de este patio había una cuadra y debió ser caballeriza en tiempos pasados […] Y al final de la cuadra, otro espacio abierto y restos de otra pequeña casa, independiente de la principal, en estado de semirruina, daban a una tapia con puerta desde la que podíamos salir […] al callejón llamado de Paco el Hornero. Enfrente, en este callejón, esquina con la calle Mayor estaba otra gran casa de otra parienta nuestra, Ramonina Penalva Dueñas, casada con el juez José Guerrero Ferrer, también pariente por el apellido Guerrero de nuestro abuelo materno.

La bodega
Finalmente me queda señalar, que nuestra casa, al igual que otras muchas de Huéscar, disponía de una bodega, debajo de la planta baja, que ocupaba todo el tramo de la calle Carril y el de la calle Mayor. Enormes tinajas de barro permanecían en la bodega, ya sin uso, pero ellas eran mudos testigos de que en tiempos pretéritos almacenaron vino. Siempre se dijo que Huéscar tenía las viñas y Galera elaboraba el vino, hasta que la filoxera acabó con ellas en el último tercio del siglo XIX. En el inicio de la escalera de bajada a la bodega, a la izquierda, abría otra habitación en la que arcas de madera guardaban ropas, edredones y ropa de invierno, con bolas de alcanfor en el verano para evitar la polilla. La bodega era muy fresca en verano y solo recibía luz a través de pequeños ventanucos que daban a la calle, a nivel de las aceras. El suelo era de arenilla fina y tenía grandes telarañas. Los niños la evitábamos en nuestros juegos y nunca bajábamos solos, simplemente porque nos daba miedo y por las noches su recuerdo nos producía pesadillas.
Nuestra casa, la de mis abuelos y posiblemente también de mis tatarabuelos, después de casi trescientos años, cayó víctima del pico y del moderno urbanismo. […] Así acabaron mis recuerdos de infancia y de juventud de la casa familiar de mis abuelos y antepasados.
Bruno Jiménez Cabrera
Escrito para el libro sobre Memoria familiar de los Jiménez Cabrera.
Publicado en el libro:
Del libro Casas, tierras, industria de la comarca de Huéscar…




